Mi vida también era oscuridad, pero un día, a través de la confesión, Dios la iluminó. ¡Qué gran regalo es la confesión! Como dice la Madre Clotilde (ahora ya sabéis quién es):
“¡Qué gran bien es la confesión! Sin ella me hubiera perdido… ¡Qué gran beneficio es, pues, la confesión! ¡Demos gracias a Dios para que recompense abundantemente a aquellos santos sacerdotes!”
Os contaré mi testimonio.
La oscuridad habitaba dentro de mí con el nombre de rencor, división. Un rencor que me estaba consumiendo sin saberlo, porque no me detenía ni un momento a reflexionar de dónde venía tanto vacío, desgano, desesperanza y desilusión. El consumismo, el trabajo, los viajes, las amistades y la tecnología me mantenían superficialmente distraída. Pero en los momentos en que no había esas cosas, salía a flote toda la oscuridad de mi alma.
En mi primera confesión después de muchos años —no fui con la idea de tener pecados, era ignorante para reconocerme pecadora; solo fui al sacerdote en un momento de desesperación, buscando respuestas sobre por qué no era feliz—, después de escucharme me dijo: “Perdona; hasta que no perdones, no serás feliz.”
Yo le respondí claramente que era imposible perdonar una situación así, y me respondió que pidiera la gracia del perdón, porque el perdón es una gracia. No entendí nada, pero obedecí. Curiosamente era diciembre, y yo quería empezar un nuevo año liberada, para plantearme nuevos proyectos ambiciosos según mi profesión. (Hoy veo que Dios sonreía de mis planes).
Pedí la gracia y fui a buscar a la persona a quien debía perdonar. Le dije: “Te perdono por esto, por lo otro y por mucho más.” Según yo la confesión no solo es decir los pecados; sino había que actuar, poner en práctica el deseo del corazón de convertirse.
Sin embargo, no fue hasta una segunda confesión en enero, con una mayor conciencia de mis propios pecados, que realmente experimenté un cambio en mi vida. Me encontré con el amor encarnado en la persona de Jesucristo al recibir su perdón. Ya no miraba solo con dolor la herida que otro me había causado, sino también mi propia miseria y el daño que yo misma había hecho a los demás. Y creo que esa es la oscuridad más grande que podemos vivir: pensar que solo somos víctimas de la vida.
En este tercer domingo de Adviento, el Evangelio nos muestra a Juan el Bautista en la oscuridad de la cárcel. También recordaremos a San Juan de la Cruz, quien fué encarcelado por sus propios hermanos.
Hoy quizás no estamos viviendo encierros externos, pero sí uno más grande: el encierro interno del alma, al no querer abrirse a los demás, al cerrar las puertas de nuestro corazón a las personas que nos han herido.
Pero, ¿y tú? ¿No lo has hecho alguna vez? ¿Nunca has herido a alguien? Por supuesto que sí; nadie está libre de pecar.
La buena noticia es que estamos en tiempo de preparación, de pedir que nazca esa luz que iluminará nuestra alma, para que se abra poco a poco a la gracia que nos llevará al Reino de los Cielos. Esa luz que nos liberará del victimismo y del individualismo, y nos dará un corazón más grande para amar y así poder entrar en el Reino. Un Reino donde no hay enemistades, donde solo abunda el amor, donde nadie puede rechazar ni ser rechazado, donde nadie será olvidado ni menospreciado.
Si aún no eres capaz de acoger a alguien en tu corazón, pide la gracia. Pídela con toda la fe que te queda. Mira que los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan (Mt 11,5). No esperes: pide ayuda al Señor para que te abra el corazón; si no, no se te abrirán las puertas del Reino.
Recordemos a
• San Esteban, que está junto a San Pablo, y perdonó hasta en su martirio.
• Santa María Goretti perdonó antes de morir a Alessandro, quien la asesinó tras intentar violarla.
• San Maximiliano Kolbe perdonó a sus carceleros en Auschwitz.
• San Juan Pablo II visitó en la cárcel a quien le disparó.
Y muchos más.
¿Crees que es difícil? No es difícil, es humanamente imposible. Pero como dice Jesús:
“Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.” (Lc 18,27)
Por eso, pide la gracia del perdón y acógela.
Jesús también nos dice: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.” (Lc 13,24)
Ahora, en un momento de silencio, meditemos: ¿Qué situaciones, personas o recuerdos te impiden sentirte verdaderamente en paz? ¿En qué momentos tu corazón se ha cerrado a amar a alguien? Imagina su rostro. Imagina a esa persona y dile: te perdono o perdóname.
Pero recuerda que no estás solo/a: Jesús está a tu lado. Como ahora, Jesús está aquí. No tengas miedo de enfrentar esa situación.
